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Información extraida del diario Clarin del 2 de Mayo de 2002

GUERRA DE MALVINAS: A 20 AÑOS DEL PEOR ATAQUE A LA FLOTA ARGENTINA

Hundimiento del Belgrano: las 46 horas de odisea de un náufrago


Lucas Guagnini. DE LA REDACCION DE CLARIN.


SIEMPRE PRESENTE. EN EL QUIOSCO DE VEGA, EN LA BOCA, UN CUADRO RECUERDA EL CRUCERO.


Dos torpedos contra la paz

Tiempo estimado de lectura 5'51''

Esa noche tuvo un sueño único. Se vio a lo largo de los 18 años que había vivido hasta entonces. Sus caminatas a la escuela. Las maestras. Las comidas en casa. La familia. La llegada en tren a Puerto Belgrano. Las prácticas de tiro. Escenas que había vivido, tal cual habían sido. Solo que las estaba soñando. Y sabía que las estaba soñando.

"Fue como una película perfecta, que se detenía en el punto de la vida en que yo estaba", recuerda hoy, veinte años después. Cuando despertó, con el resplandor del amanecer helado, Héctor Vega seguía en la balsa. Empapado, flotaba a la deriva con 24 compañeros semicongelados. Eran sobrevivientes del crucero General Belgrano.

Pero hasta que aquella noche llegó, habían pasado muchas cosas. Para él ésta historia comenzó con la carta que le escribió a su familia. "Los insulté, diciéndoles que no se habían preocupado en saber cómo andaba. Y que pensaba que no me iban a ver más. Desde el 2 de abril estábamos en guerra y yo no recibí carta de ellos hasta que zarpamos, el 16". Los últimos tres días en Puerto Belgrano habían sido de trabajo duro, cargando sin pausa alimentos y municiones. Las más grandes pesaban 65 kilos cada una y se llevaban al hombro. Las que Vega estaba encargado de disparar desde su cañón antiaéreo pesaban unos dos kilos.

"Antes de zarpar dieron un discurso en el que nos dijeron que el país iba a entrar en guerra pero que no creían que los ingleses fueran a venir. Ni ellos sabían a dónde iban".

El viaje, primero hasta puerto Madryn y luego hasta Ushuaia, fue de entrenamiento. Simulacro de combate, práctica de tiro, simulacro de evacuación, guardias completas en todos los puestos las 24 horas.

"En Ushuaia volvimos al trabajo hormiga. Las municiones que habíamos cargado estaban en mal estado, así que tuvimos que bajarlas todas y subir nuevas". Dos días después navegaban rumbo a la zona de conflicto, pero ahora en "sigilosa": el radar se prendía un par de veces al día para no emitir señales y las luces exteriores permanecían apagadas. "Un cigarrillo era un faro en medio de esa oscuridad".

Las horas de guardia a la intemperie en la noche, Vega las pasaba en silencio. "Abrir la boca era dejar entrar el frío". Para abrigarse se ponía los tres pantalones que tenía: un joging, un jean y el de fajina. Las toallas eran utilizadas como bufandas y cubreorejas bajo la gorra. Los guantes, si alguien tenía, eran de lana común. La sensación térmica: 20 grados bajo cero con lluvia constante. La cara se rajaba por la sal y el viento. La Armada no les había provisto ropa de abrigo, por lo que los robos a los mejor provistos eran comunes.

Bajo la cubierta, la vida naval seguía, pero ya con la impronta de la tragedia. "Nos enteramos de que ellos venían con una banda de barcos y que se iba a pudrir todo. Así que las charlas entre nosotros eran de contar nuestras vidas, siempre con grandes hazañas, en especial referidas a las mujeres. Ninguno había debutado después de los quince. Nos preguntábamos por qué justo nos había tocado a nosotros. Tantos años de historia argentina que no pasó nada. Te decías: ''¿Qué hago acá? ¿Por qué yo?'' " Ese sentimiento se contraponía con "una especie de patriotismo. Nos sentíamos San Martín".

La comida era muy importante. "Llegué a tragarme 24 hamburguesas en una cena, gracias a un rescate que hizo un amigo de la cocina. Una locura. Hoy no paso de dos. Pero llenando la panza se achicaba la ansiedad".

Y todas las noticias llegaban por la única estación de radio que sintonizaban bien, Montecarlo, de Uruguay. Una noche pasaron dos tangos interpretados por Gardel: "Volver" y "El día que me quieras". "Extrañaba Buenos Aires. Me puse a llorar como un perro". La sensación de ataque inminente era constante. "Siempre esperábamos a los aviones. Mirábamos sólo para arriba, nunca para abajo".

Con los días, la moral y la comida empeoraban. "Ya no había carne, sino fideos ''aguachentos''. Y cada vez que aparecía una gaviota, creíamos que era un Sea Harrier".

El 2 de mayo de 1982 no hubo tregua. Una alarma tras otra de supuestos ataques despertaba a los que dormían con el "uong-uong-uong" intenso y llevaba a todos a sus puestos de ataque. A las cuatro menos cuarto empezó el cambio de guardia y minutos después Vega ya estaba bajo la cubierta, pensando en un mate cocido para calentarse. Había bajado dos de las seis escaleras que lo conducían hasta el sollado, donde dormía, cuando lo aturdió una explosión. Las luces se cortaron. "Lo único que atiné a gritar fue: ''Ingleses hijos de mil puta'' ". Entonces vino el segundo torpedazo. Vega empezó a subir. En el camino apareció un hombre empetrolado y en llamas. "Con una de mis toallas, le traté de apagar el fuego bajo la cintura. Le saqué los zapatos". Antes de llegar arriba, el barco ya estaba escorado sobre babor. Había mucho humo con olor a azufre.

En cubierta, Vega descubrió que el ataque no era aéreo y que al barco el faltaban 15 metros de la proa. Todos se dirigían ya a las balsas que tenían asignadas. Apenas habían pasado de las cuatro de la tarde, una tormenta con olas de hasta 10 metros y vientos con ráfagas de 100 kilómetros por hora los mantenía mojados. Su balsa estaba del lado de la cubierta que se había inclinado hacia arriba. La arrojaron al mar y quedó 15 metros hacia abajo.

En total la abordaron 25 personas, 5 más de los previstos. Vega fue el último en lanzarse. "Como el barco ya estaba muy inclinado, si me tiraba iba a pegar contra el casco. Con un cabo bajé 10 metros al estilo hombre araña. Pero me dí cuenta de que la balsa se alejaba mucho. Pensé: ''Que sea lo que Dios quiera'', y me tiré". Cayó con medio cuerpo en el agua helada y la otra mitad en la balsa. Lo ayudaron a subir y se acomodó como pudo contra la puerta, que consistía en un cierre relámpago. Desde allí vio cómo el barco desapareció. "Sentí impotencia". Oscurecía y no hablaban mucho en la balsa. "Se corría la bola de que nos iban a atacar desde helicópteros y eso nos mantenía con miedo". Después de un par de horas, Vega se durmió y tuvo ese sueño en el que revivió su vida. "Era como morirme, aunque no sé si será así o no".

A la mañana siguiente se vieron las caras y trataron de animarse un poco contando chistes de los que nadie reía o cantando. Ninguno tenía hambre. A eso de las dos de la tarde, un avión argentino les devolvió la esperanza. Tiraron bengalas para que los localizaran, pero pasaron las horas y no llegaba el rescate. "Fue un bajón terrible. Empezamos a pensar que no nos habían visto. Se vino la noche y nada."

Al día siguiente, 4 de mayo, ya no contaban chistes. Los creyentes rezaban, pero la mayor parte del tiempo reinaba el ruido del viento. Para calentarse se hacían pis encima. Y con los zapatos sacaban el agua que entraba a la balsa. A las dos de la tarde, cuando llevaban 46 horas a la deriva, Vega sintió la sirena de un barco mientras dormitaba. Nadie más la había escuchado. Abrió el cierre y se asomó. Se agregaron un par de cabezas. A 500 metros estaba el Bahía Paraíso. "La alegría de ese momento es imborrable". Al subir al barco recobró el calor con un chocolate caliente y vio una hilera de cadáveres sobre cubierta, tapados con una lona. Luego se enteraría que estuvo en el último lote de sobrevivientes, ya que las balsas que encontraron luego tenían a sus ocupantes muertos.

En Ushuaia se encontró con el resto de los rescatados. Volaron a Puerto Belgrano. Y desde allí, viajaron en tren a Buenos Aires, con 15 días de licencia. Cuando llegó a su casa, supo que la carta aquella, en la que les recriminaba el silencio, nunca había llegado. Meses después el cartero la dejó en el buzón. En el sobre, un sello con letras mayúsculas en azul explicaba el retraso. Decía: "CENSURA NAVAL".



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