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Información extraida del diario Clarin del 3 de Abril de 2002

 

MALVINAS 20 AÑOS DESPUES: HISTORIAS DE LOS QUE PELEARON EN LA GUERRA TENIENTE CORONEL ENRIQUE NEIROTTI
Carta al soldado inglés que maté en la batalla de Monte Longdon

Golpeado por la crudeza de la guerra decidió seguir el consejo de una de las psiquiatras a las que consultó y se desahogó escribiéndole una carta a un enemigo. Las huellas que deja el combate.

Tiempo estimado de lectura 7'45''

Sabe una cosa? Un veterano siempre piensa en Malvinas, en el combate. Siempre. Es como si, veinte años después, el combate continuara. Uno se pregunta si pudo hacer las cosas mejor, si pudo ayudar más a nuestros heridos, a los heridos ingleses. Yo era entonces el teniente primero Enrique Neirotti. Había llegado a las islas el martes 13 de abril, en un avión de Aerolíneas Argentinas, sin asientos. Dos días después tomamos posiciones en Monte Longdon, a once kilómetros de Puerto Argentino, y el 17 de abril el mayor Carrizo Salvadores, jefe en Monte Longdon, vino a decirnos que trabajáramos bien en la defensa porque los ingleses, con los primeros que se iban a encontrar, era con nosotros. ramos la primera línea de combate.

Monte Longdon fue un combate terrible. Empezó el 11 de junio a las nueve de la noche. Los paracaidistas ingleses y los guardias galeses avanzaban por sobre el campo minado y haciendo fuego. Fue un combate franco, de extrema violencia. El campo de combate parecía una autopista iluminada por las bengalas y por las balas trazantes. Hoy, hasta los artificios de la Fiesta de la Vendimia, en Mendoza, me recuerdan esa batalla. Es con esos recuerdos que uno tiene que aprender a convivir. Y no es fácil.

Vea, yo soy un soldado profesional. Siempre digo que a los soldados profesionales nos preparan para la batalla, para el antes y para el durante. Pero no para el después. En un campo de batalla uno se toma de la mano de la muerte, ¿sabe? Y si la adrenalina pudiera verse, ese campo estaría inundado de ella. Recuerdo todavía al cabo primero Martínez, herido, que me grita que la artillería enemiga le mató al soldado Araujo y a su compañero. Veo a otro soldado caminar a los gritos, con sangre en los oídos y la boca, alcanzado por una onda expansiva. Veo todavía a un soldado argentino, desarmado, adelantarse para rescatar a dos heridos nuestros. A mí me hirieron en una pierna y ni siquiera me di cuenta porque en las venas corre adrenalina pura. Peleamos cara a cara con el enemigo, a bayonetazos. Usted podía verles las caras a los ingleses y ellos a nosotros, en plena noche iluminada por el fuego de la muerte. Todavía escucho los gritos de terror y los desgarradores alaridos de dolor de nuestros hombres y de los ingleses. A eso debe acostumbrarse uno. El veterano siempre va a recordar todo, paso a paso, como en una película, incluso, créame, a veces los ve en cámara lenta. Y con eso hay que convivir de por vida.

No es algo que pueda hacerse fácil y, en muchos casos, sin recurrir a la atención de un profesional. No nos tiene que avergonzar decir que muchos necesitamos de ayuda psiquiátrica. Uno quiere curarse. Yo quiero curarme. Estoy en tratamiento en el Hospital Militar de Campo de Mayo y cada veinticinco o treinta días recibo atención personalizada y medicación, monodrogas que hay que cambiar a menudo porque crean acostumbramiento...

Pero lo más importante es la psicoterapia. Mire, yo partí en dos a un inglés con mi ametralladora pesada. Cayó a pocos metros de donde estábamos nosotros. Y el fuego era tan intenso que no podíamos socorrerlo, ni a él ni a los nuestros. Lo escuché agonizar durante no sé cuantas horas, y todavía oigo sus gritos. Ese recuerdo me persiguió y me persigue todavía, aunque con menor intensidad porque aprendí a llevarlo conmigo. Fue a partir de que una psiquiatra de Mendoza, la doctora Lola Gómez de Pérez, puede poner el nombre, no creo que le moleste y se lo merece, me dijo: "Escribíle una carta al soldado inglés que mataste". Entonces un día me senté y le escribí una carta a ese hombre al que jamás conocí. ¿Quiere que se la lea?

"En Mendoza, Argentina, después de la guerra

AL SOLDADO INGLES:

Fuimos preparados como soldados para defender los intereses de nuestra patria, lamentablemente nuestros intereses estuvieron encontrados, en consecuencia tuvimos que representar cada uno a nuestro país, a millones de compatriotas y en esa confrontación es donde participamos ambos, fuimos los gladiadores de nuestra civilización. Nosotros somos el resultado de la falta de diálogo, entendimiento y tolerancia de nuestros estadistas.

Si bien estamos para "eso", a partir de 1982, en nuestra vida, hay un antes y un después de la guerra, por lo menos para nosotros es así. Si bien el brazo armado de la patria está para ello, también es cierto que la responsabilidad de defenderla es de todos los ciudadanos de nuestra sociedad, por ello estuvimos frente a frente.

Nuestra vivencia en Malvinas fue tan dura como la de ustedes; nosotros estábamos esperándolos en un terreno fijo, buscando la forma de cómo producir la máxima cantidad de bajas en el enemigo, y ustedes cómo producir bajas en nuestras posiciones. En las prácticas que uno realiza como soldado, lo más medular y significativo está en el ataque final sobre las posiciones enemigas y en el asalto a las posiciones defensivas, es decir que a ustedes le tocó la peor parte. Lamentablemente me puedo imaginar qué significó dicho ataque para ustedes, debió ser muy difícil lanzarse sobre nuestras posiciones, sabiendo que las posibilidades de quedar en el camino (muertos o heridos) eran muy grandes. Sin embargo vi cómo avanzaban por el campo minado y cómo "volaron" por las minas antipersonales: se necesita valor para caminar sobre la muerte; vi cómo municiones trazantes perforaban el cuerpo de nuestros adversarios. Te vi caer producto del fuego de mi ametralladora y la de mis soldados. Vi cómo la artillería naval y de tierra inglesas batían nuestras posiciones y cómo vibraba nuestro cuerpo con cada explosión. El techo de munición trazante luminoso de armas automáticas que iban y venían era tan voluminoso que jamás me lo pude imaginar, la realidad supera la ficción de las películas.

Previo a nuestro combate, mientras ustedes avanzaban yo trataba de mantener el máximo de fuego, en la desesperación de que no lleguen a nosotros, porque sabíamos que era nuestro fin y sé que ustedes querían llegar rápido para producir nuestras bajas, ambos queríamos que esta guerra se acabe pronto, la presión psicológica era enorme y el hombre se despersonaliza en el combate, si se pudiera ver la adrenalina, el campo de combate estaba regado de ella. Intimamente sabíamos que Monte Longdon y Dos Hermanas eran la bisagra del éxito o el fracaso de los combates y que sería carnicero y sangriento y que casi todas las bajas se iban a producir en horas.

Fuimos la herramienta de la incomprensión humana, tu vida quedó en el camino y hoy siento profundamente tu desaparición. Hoy sé que no fue mi íntima intención provocarte la muerte. Sé que tu familia te llora, que te extraña tu madre, tu padre, tu esposa, tu hermano, tu hijo, tu novia. Hoy, en vida, sufro tu desaparición, porque fui parte de ella; también honro tu valentía manteniéndote en la memoria, porque no me permito olvidarme de cada uno de esos momentos, de tus últimos gritos de dolor y los tengo presentes como si hubieran ocurrido hace unos instantes.

El combate que nos enfrentó nos iba a provocar heridas graves. Sabíamos que era la vida o la muerte. Como ser humano y cristiano no me puedo sentir orgulloso de haber matado, tan sólo cumplí con mi misión. Lo que no sabíamos es que después de sobrevivir el combate, el resto de la vida llevaré la cruz y el dolor del corazón de esos momentos.

Soldado: aún los que más te conocieron no supieron de tu sufrimiento en los últimos instantes, nunca supieron de tu valor. Sabías que ibas a morir y sin embargo avanzabas, sólo lo vio tu compañero que estaba al lado y te sobrevivió, y yo, que produje y vi tu caída.

Entre otras cosas que quería decirte es que jamás podré olvidar esos momentos tan violentos, de tu valor, porque diste lo más preciado a tu país. Mi mayor de los respetos a tu actitud y tendré siempre presente el dolor de tu familia.

Aunque la guerra interior para el veterano continúa, siempre quise expresarte mi sentimiento y sólo se me ocurría que sería en Buenos Aires o en Londres, con flores y mi recuerdo por tu desaparición. Entiendo que el destino quiso que así ocurriera, que Dios nos da pautas para la humanidad, pero los humanos con frecuencia hacemos cosas difíciles de entender, como en el combate en que nos enfrentamos. Yo fui herido en combate por tus camaradas, pero Dios no quiso que te acompañara en ese momento. De haberse invertido los hechos entre ambos, estoy seguro que sentirías lo mismo que siento hoy y que no podrías olvidar jamás esos momentos y que te acompañaría por siempre en el dolor del alma que se siente cuando uno decide sobre la vida y la muerte de otras personas.

Que Dios te acompañe en tu reposo

Un soldado de Monte Longdon."

Ya ve: uno lleva siempre la guerra adentro. Después de veinte años hoy sé que cumplimos por la Patria nuestra misión como soldados. Y que tenemos muchos héroes anónimos. Que el veterano jamás va a olvidar y que esos recuerdos pueden ser abrumadores si el hombre no es debidamente contenido por un profesional. Que el número de veteranos que se han suicidado en la posguerra es casi igual al número de muertos en las islas por los ingleses. Y que esos suicidios van a seguir si no se ayuda, se comprende y se reconoce a los veteranos.

Yo creo que aún hoy, los representantes del pueblo no han saldado las deudas con los veteranos. Y que ese desamparo, esa indiferencia que los veteranos sienten de parte de la sociedad, es un drama que proyecta una onda expansiva que afecta a su familia directa. Una guerra deja huellas en mucha gente, no sólo en los que combatieron.

Nosotros sentimos que, más allá de la derrota, no defraudamos a nuestro pueblo. Que a pesar de las traiciones, porque nos traicionaron países vecinos y países que se llamaron mediadores, nosotros cumplimos, todos, con nuestro deber de soldados con extrema amplitud y con mucha dignidad.

Como le dije, en el campo de batalla uno se toma de la mano de la muerte. Allí aprendí que los argentinos somos seres humanos, de una gran capacidad de adaptación y de corazón amplio, sensible y solidario. Hoy, con tristeza y con impotencia, veo a mi Patria, por la que tantos hombres ofrendaron sus vidas, diezmada por intereses mezquinos. Y tengo miedo de que esa traición sea aún mayor, más terrible y más destructiva que la de hace veinte años.

No hay un día en el que no recuerde la guerra. Tampoco hay un día en el que no me pregunte si sirvió de algo el sacrificio de tantos héroes.

¿Usted qué piensa?

 

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