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Información extraida del diario La Nacion del 3 de Abril de 2002

 

Recuerdos de la guerra
Malvinas, 20 años después

La guerra que irrumpió sin aviso previo provocó sentimientos antagónicos en los argentinos: el inesperado florecimiento del orgullo patriótico y la angustia de entrar en un terreno de incierto destino, pero el tiempo cambia las perspectivas. Una invitación para que los argentinos demos un sentido nuevo y genuino a los muertos en el Atlántico Sur

Puerto Argentino, 2 de abril de 1982: los marines ingleses se rinden ante la llegada de las tropas argentinas. Era el comienzo de la Guerra de las Malvinas
Foto: Rafael Wollmann


No hay en nuestra historia una jornada comparable a la del 2 de abril de 1982. No se recuerda en el país una vivencia tan cargada de emociones contradictorias y desconcertantes como la que experimentamos ese día "y los días que siguieron" los habitantes de este suelo.
De pronto, sin aviso previo, dos sentimientos antagónicos, casi imposibles de conciliar, se instalaron en el ánimo de los argentinos: de un lado, un inesperado florecimiento del orgullo patriótico; del otro, la angustia de saber que estábamos entrando en una guerra tenebrosa y de incierto destino.
De un lado, la euforia de estar concretando el viejo sueño compartido de recuperar las Malvinas, el sector irredento del territorio nacional, tironeado desde el siglo XIX por las humillaciones y violencias que la historia suele infligir a la geografía. Del otro, la sospecha -para muchos la certeza- de que el país se embarcaba en una aventura sin retorno, donde muchas vidas jóvenes iban a perderse, como efectivamente se perdieron, y donde las armas de la Nación podían llegar a conocer, por primera vez, el sabor amargo de la derrota.
Por supuesto, por debajo de estos dos sentimientos dominantes se insinuaba la trama de otra historia, la de los forcejeos íntimos por el control político de una nación que venía de los más dolorosos desgarramientos interiores, de los más sórdidos desencuentros. La historia de un régimen de facto que había ya perdido el control de sus actos y empezaba a derrumbarse políticamente.
Con el tiempo se vería claro que Malvinas era la apuesta oculta que algunos de los hombres que conducían las Fuerzas Armadas se reservaban como última carta para el caso de que al Proceso de Reorganización Nacional empezara a faltarle el oxígeno político.
Pero entre la guerra que se venía y la sombría deuda interna que quedaba atrás no había demasiadas opciones: había que darles la cara al viento y al hielo, al combate desparejo con fuerzas seguramente mejor equipadas, a las vigilias largas y destempladas en el remoto e inhóspito frío austral.
Así, sin posibilidad de elegir otro destino, el país salió al ruedo de una experiencia límite que seguramente no entraba en los cálculos de nadie. O de casi nadie. La guerra, que para los argentinos del siglo XX había sido un concepto abstracto, un sufrimiento ajeno, una realidad sólo reconocible en el espejo de otros pueblos, irrumpió de pronto en nuestro mundo con la furia redoblada de las experiencias inéditas. Y nacimos al dolor, al espanto de que centenares de tumbas se abrieran para nuestros hijos y hermanos en un territorio remoto, helado, al cual hasta podía negársenos el acceso.
Los argentinos aprendimos entonces en carne propia lo que ya sabíamos por el padecimiento ajeno: que la guerra se impone siempre como una prioridad absoluta; la más cruel y oscura de las prioridades, la que posterga sin fecha fija o clausura para siempre las otras opciones de vida que los jóvenes suelen imaginar en sus horas felices de ilusión o de ensueño.
Pero el tiempo cambia las perspectivas. Cuando la guerra pasó a ser sólo un penoso recuerdo, la mirada crítica de los analistas iluminó los hechos de Malvinas con una nueva luz, generadora -a su vez- de nuevas sombras. Y aparecieron más contradicciones. De un lado, la certeza de que la ocupación de las islas fue un error estratégico por el cual los argentinos pagaríamos por largo tiempo un alto precio. Del otro, la evidencia de que la guerra de 1982 marcó un punto de inflexión en la historia nacional, en la medida en que clausuró el ciclo turbulento de los golpes de Estado y allanó el camino hacia el restablecimiento de las instituciones democráticas.
La traumática experiencia de las Malvinas pasó a tener, así, una lectura política extrañamente ambigua: a la vez que marcó para el país una derrota militar dolorosa, puso fin a medio siglo de protagonismo político de las Fuerzas Armadas. En efecto: la etapa inaugurada en 1930 con el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen -que entronizó de hecho un sistema político de virtual alternancia entre gobiernos constitucionales y regímenes militares- llegó a su fin por un camino imprevisto.
Pero nuevas reflexiones se siguen abriendo paso a medida que el tiempo amplía la perspectiva desde la cual se aprecian los hechos de 1982. A veinte años del desembarco en las islas deploramos la decisión que condujo a la guerra, pero no podemos desprendernos de un sentimiento entrañable de gratitud hacia los que cayeron. Lamentamos la equivocación estratégica -que sumó un motivo histórico más para que las potencias que rigen el mundo nos miren con desconfianza-, pero nos rebelamos, al mismo tiempo, contra la idea, demasiado cruel, de que aquellos hijos y hermanos nuestros murieron en vano.
Suele haber una contradicción profunda entre las conclusiones analíticas y las demandas de la sensibilidad y el sentimiento. Pero no debe sorprendernos: la vida de los pueblos -como la de los hombres- se nutre de contradicciones y la historia no hace otra cosa que ponerlas de manifiesto.
Si es verdad que varios centenares de argentinos tuvieron una muerte sin sentido en los helados paisajes del Sur, también es cierto que nadie muere sin una razón. Acaso la razón se la podamos dar los argentinos de este otro tiempo de crisis y de angustia si somos capaces de construir una patria mejor.
Alguien podrá alegar que no se alcanza a percibir una relación causal clara entre aquellas muertes inexplicables y el compromiso moral de las actuales generaciones. Pero la trama íntima de una nación está hecha, también, en definitiva, de misterios y de lealtades ocultas que el puro ejercicio racional no alcanza a develar. Ofrendémosles a los que murieron hace veinte años un país digno de su generosa entrega, de su sacrificio, de su memoria. Démosle a su muerte, desde la posteridad, el sentido que tal vez en su momento no le supimos dar.

Por Bartolomé de Vedia
De la Redacción de LA NACION


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