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Información extraida del diario La Nacion del 3 de Abril de 2002


Malvinas, 20 años después
Una historia escrita desde la trinchera

Carlos Campobassi tenía 19 años cuando lo convocaron para ir a la guerra; la mañana en que llegó a Puerto Argentino comenzó a tomar apuntes de cada momento vivido en las islas, día por día: dos meses entre el temor y las balas

Los Campobassi en pleno: Carlos, su esposa, Mercedes, y su hijito Tomás, que pronto tendrá un hermanito.
Miguel Méndez

Carlos Campobassi tenía 19 años cuando, apenas terminada la colimba, fue llamado bajo bandera para combatir en las Malvinas. Consciente de que la experiencia lo marcaría para toda la vida, plasmó en un diario personal sus vivencias durante la guerra. El resultado es un minucioso relato de la vida cotidiana en el campo de batalla, reflejado a través de los ojos de quien sólo unos pocos años atrás había salido de la adolescencia.
Así comienza su diario.
Viernes 2 de abril: era un día con mucho sol, pero en el aire había algo raro. Era una mañana distinta a otras. Cuando fui al supermercado me di cuenta de que algo estaba pasando. Los coches y camiones tenían banderitas, la gente estaba alegre, alborotada.
Una semana después, era llamado para combatir en las Malvinas.
Sábado 17: entramos por primera vez a Puerto Argentino. Aparecieron los primeros kelpers. Nos saludaron pero no les respondimos. Teníamos orden de no saludar ni hablar con ninguno de ellos. Espero que lleguemos pronto porque no doy más...
Carlos era el encargado de llevar la ametralladora, llamada Mag, que pesaba más de diez kilos. Después de unos ocho kilómetros, llegaron a Moody Brooke, ex cuartel de marines.
Armamos nuestras carpas en círculo... Nos costó un montón debido al fuerte viento...
Durante los primeros días, las actividades consistían en limpiar las armas, cavar trincheras, hacer guardias y leer "El Tony" en los ratos de ocio.
Lunes 19: los soldados hicieron su primera formación. El Capitán nos dijo que nos sintiéramos orgullosos ya que éramos la única división de Caballería Blindada Aerotransportada que había en las Malvinas y era un honor para nosotros actuar en ese teatro de operaciones para defender nuestra tierra.
Martes 20: el capitán nos comunicó que a 5 kilómetros habían encontrado balizas para helicópteros y un bote de goma y que, posiblemente, eran buzos tácticos ingleses en alguna operación comando. Nos recomendó que abramos principalmente los ojos a la noche.
Miércoles 22: todas las mañanas iban algunos chicos a trabajar en el depósito de provisiones.... Hoy nos tocó a nosotros. Yo recorría los pasillos y me rodeaban latas de gaseosa, paquetes de yerba, azúcar, jugos, galletitas, fideos. Cuántas cosas y sólo las podía disfrutar esa mañana. Pero lo que yo quería eran esos chocolates Aguila con los que volvían muchos de los míos y guardaban tan recelosamente en sus carpas, y los conseguí...
"Jamás nos llegaron las provisiones de los fondos de ayuda. Como se creía que iba a ser una guerra muy larga, la idea era guardalas, en caso de quedar incomunicados con el continente. Cuando terminó la guerra todo quedó en las Malvinas", explica Carlos, que en su diario hace referencia varias veces al poco alimento que recibían los soldados.
Sábado 24: esa tarde tomamos nuestras palas plegables a la cintura y nos dirigimos a cavar pozos de zorro en una de las laderas de Moody Brooke... A las dos horas ya teníamos el pozo por las rodillas...
Lunes 26: nos enteramos de que las Georgias habían sido tomadas y que el Santa Fe (un submarino) fue hundido. Qué sensación de bronca teníamos. Había mucha tensión en la isla. Los helicópteros iban y venían a cada rato. Durante el día nos enseñaron a disparar a los aviones o helicópteros enemigos.
"En realidad nos enseñaron a diferenciar entre los aviones y helicópteros ingleses de los argentinos. Lamentablemente hubo casos en que la artillería antiaviones nuestra bajó aviones argentinos. La logística era muy pobre. No teníamos la aparatología necesaria como para saber la diferencia. Además estaba la ansiedad y el miedo, que hacía que los soldados tiren a lo que venía".
Martes 27: alerta rojo era ataque aéreo enemigo y alerta azul, comando anfibio. El sargento ayudante nos reunió y nos dijo que ya no estaríamos tan tranquilos, que la Argentina había roto el diálogo con Inglaterra y que el suelo que pisábamos sería atacado en cualquier momento.
Miércoles 28: ¡recibí carta de mi papá!. Qué bien me hizo sentir. Tenía fecha del 24/4 y en el sobre había una de papá, mamá, María Inés y Gustavo. La leí emocionado. Decía que me manda saludos tanta gente que es imposible enumerar: mi abuela, mis tíos, gente del edificio, maestras de la escuela de mi mamá, del trabajo de papá, el "gordo" de la rotisería.
Jueves 29: el día fue horrible. La primera sección estaba en el hipódromo custodiando todos los depósitos de combustible ¡Qué tarea!
Viernes 30: Cuando fui a buscar cosas pude ver el lugar que ocupaba el general... y el equipo de música que tenía en su oficina. Los baños de la brigada eran con duchas de agua caliente...
Mayo. Sábado 1º: por primera vez los ingleses bombardean las posiciones argentinas.
Domingo 2: nos despertaron unos estruendos muy fuertes que venían de aeropuerto de las Malvinas. Empezamos a tomar conciencia de que estamos en una guerra.
Miércoles 5: esta noche fue brava. Debíamos tirarnos al suelo y vigilar que nadie se acercara, y si se acercaba, pedir la contraseña y, si no, disparar. Así fue toda la noche. El frío fue impresionante. Nunca pude mantenerme al suelo. Durante la noche hubo una serie de tiroteos de los cuales luego nos enteramos que había muerto un soldado y con nuestras propias armas... Mis borceguíes estaban helados pero gracias a que mantuve siempre mis pies en movimiento estos permanecieron calientes.
El frío era una constante, y trajo consecuencias. "Hubo muchos chicos que llegaron de las Malvinas con el famoso pie de trinchera. Esto sucede cuando no se cambian las medias o los zapatos por varios días y el pie permanece húmedo durante mucho tiempo. "Entonces se pone morado y se agrieta la piel. Se necesita un tratamiento rápido. De otra manera, hay que cortar la pierna".
Sábado 15: a la tarde, en medio de mi lectura, de pronto sentí un estruendo bárbaro en la parte de arriba. Parece que ya se dieron cuenta de que estábamos aquí. Si la bomba caía un poco más hacia aquí volábamos todos. Ya me daba cuenta por qué habían muerto esos chicos de la Fuerza Aérea en el aeropuerto cuando lo bombardearon. A uno de ellos una esquirla lo partió prácticamente por la mitad y al otro lo desfiguró.
Una pausa de 20 años
El diario se interrupe a principios de junio. Quizás porque fueron los acontecimientos más difíciles de digerir. Pero veinte años después, Campobassi recuerda: "Continuaron los bombardeos, hasta que el 8 de junio el capitán nos comunicó que partiríamos en unas horas al frente de batalla, cerca de Monte Longdon. Nuestro refuerzo era como infantería ya que se sabía que los Panhard, nuestros tanques, eran demasiado pesados para el terreno malvinense.
"A la tardecita comenzamos a caminar hacia el frente. Eramos noventa, entre soldados, oficiales y suboficiales. El suelo estaba resbaladizo y algunos caían por el peso del armamento. Fue en ese momento en que el soldado tomo conciencia de su lamentable estado físico, producto del cansancio y la mala alimentación.
"Llegamos a nuestro objetivo en plena noche cerrada. A lo lejos se veían las luces de las bombas y de las balas que iban y venían como fuegos artificiales.
"Nuestro objetivo era resistir todo lo posible el avance de las columnas del ejército inglés hacia Puerto Argentino. Nos cubrimos del frío y del viento como pudimos, y, para colmo, por primera vez desde que llegamos a las islas, empezó a nevar.
"Al día siguiente nos turnamos los que teníamos Mag. Avanzamos cuerpo a tierra. Al rato comenzaron a verse movimientos de tropas inglesas unos kilómetros más adelante y recibimos la orden de disparar. No sabíamos a qué, pero disparamos. Eso fue lo peor, porque delató nuestra posición, y comenzó el infierno: nos empezaron a bombardear de todos lados. Nos cubrimos como pudimos. El calor de nuestras armas atraía a los misiles y a las bombas de ellos.
"A la tarde cesó un poco el bombardeo, pero lamentablemente nos enteramos de la muerte de tres miembros del escuadrón. Una bomba les había caído de lleno haciendo un cráter enorme y los mató al instante. "El avance inglés era muy rápido. A la media hora de dejar nuestras posiciones, vimos cómo el lugar era barrido por misiles, bombas, disparos de misiles y ametralladoras. Si no hubiéramos descendido, estaríamos todos muertos."
Batalla final y retirada
El recuerdo se hace incesante: "Al amanecer y con las primeras luces del día comenzó nuevamente el combate. Para nosotros fue el final. Ellos ya conocían nuestra posición y empezaron a bombardearnos con todo lo que tenían. Nosotros no nos quedamos atrás. Era un infierno de fuego, luces y balas. Llegó la orden de retroceder. Ya se nos acababan las municiones y la superioridad de ellos se hacía sentir. Todos corríamos ladera abajo. Sentía las balas zumbar por el casco y mis oídos. Vimos a un capitán llevar a un herido.
"Cuando llegamos a Puerto Argentino se veía a lo lejos los ecos de las últimas resistencias. Se acercaba el final.
"Todo era confusión e incertidumbre. Fuimos al aeropuerto y nos enteramos de que los ingleses estaban cerca de Puerto Argentino. Se preparaba la rendición de nuestras tropas.
"El 14 de junio por la mañana empezamos a ver las primeras banderas inglesas flameando nuevamente en las islas. Los kelpers salían a festejar. La tristeza y el cansancio nos embargaba. Ya nos habíamos rendido. Tanto esfuerzo en vano, pero estábamos vivos. No todos lo podríamos contar porque en nuestro escuadrón habían muerto tres más en la última retirada.
"Ahora estábamos ansiosos por volver al continente. Los ingleses nos alojaron en galpones del aeropuerto. Tuvimos que entregar todo el armamento. Nos trataron bien. Lo que más nos sorprendió fueron los uniformes de combate en comparación con los nuestros. Parecíamos mendigos. Estábamos negros (sucios) y hambrientos. "Como prisioneros de guerra, nos llevaron en el Canberra a Puerto Madryn. Nos ubicaron en camarotes de a cuatro soldados. Había cuatro cuchetas y un baño con ducha.No podíamos creerlo. Nos podíamos bañar, y con agua caliente. Dormimos mucho y nos bañamos 4 veces cada uno. Teníamos tres horarios para desayunar, almorzar y comer en un comedor enorme. Volvíamos a la civilización.
"El 18 de junio llegamos a Puerto Madryn. La gente nos gritaba héroes. Cuando llegamos a Buenos Aires nos trasladaron en un avión de línea al que le habían sacado los asientos para que entráramos más. Parecía que habíamos llegado en secreto y que nadie se tenía que enterar de nada.
"Permanecimos unos días en La Tablada, varados en el cuartel a la espera de que nos dejen volver a nuestras casas. Lo insólito es que nos pedían que devolvamos toda la ropa que nos habían dado antes de ir a las Malvinas: camperas que ya no abrigaban por la mugre que tenían, borceguíes que ya no daban más... Nos dijeron que el que no los entregara no tendría autorización para volver a su casa.
"Finalmente, nos hicieron formar frente al escuadrón y nos tomaron lista. A medida que nos nombraban y después de unas palabras muy emotivas del capitán, nos entregaron nuestro documento y partimos hacia la puerta principal del regimiento.
"Me tomé el colectivo a la casa de mis padres, en Tapiales. Nunca el viaje se me hizo tan largo. Todo había terminado. Estaba vivo."


Por Paula Urien
De la Redacción de LA NACION

Un diario de 62 días bajo fuego
Los apuntes de un combatiente
Cuando Carlos partió a las Malvinas llevó consigo una pequeña agenda de bolsillo, con la intención de anotar en ella sus experiencias en la guerra. Con un tío periodista, quiso plasmar vivencias que sabía que serían únicas, y que querría transmitir algún día a sus hijos. A su regreso, redactó el diario con todos los detalles. Lo leyeron sus padres, y Mercedes Inglés, hoy su esposa, y madre de su hijo Tomás, de un año y medio. Nadie más.
"Me queda de las Malvinas una experiencia muy fuerte que me hizo madurar y valorar la vida. En situaciones límite te das cuenta de lo frágiles que somos. Por eso hay que vivir cada instante", dice, hoy, este abogado de 39 años.
Cuando volvió de las islas, la adolescencia había quedado atrás. Muy atrás. Y redactó, a modo de introducción de su diario. Agosto de 1982: tengo 19 años, soy clase 1962 y he ido a las Malvinas. Empiezo de esta manera para que la gente no diga que hablo por "boca de ganso".
Campobassi, en 1982


Madurar a la fuerza
La experiencia dura me ha hecho madurar y veo desde que volví al continente a un país cansado, un país que necesita de ese algo que lo haga resurgir. Pero mientras sigamos así no avanzaremos nunca.
...Un día una persona me dijo "olvidá todo". Pero ahí ... está el hospital militar lleno de mutilados, chicos de mi edad que no podrán más correr, jugar a la pelota, saltar de alegría. Ahí están los padres de los muertos, las familias que han quedado destrozadas... No... No se puede olvidar... es el momento de unirnos todos los argentinos, de mostrarle al mundo lo que somos... En el campo no del combate sino de la diplomacia... podemos ganar... Primero busquemos nuestros errores, porque éste es un país con mucho futuro. ¡Ya volveremos a las Malvinas! Aunque sea en viaje de turismo.
En noviembre de 1997, su mujer, Mercedes, encuadernó las hojas del diario junto a una foto de Carlos vestido como soldado y una dedicatoria: Cuánta solidaridad entre tanto egoísmo. Cuánta grandeza delata su humildad. Qué capacidad de compartir lo que no sobra... Qué valentía denota la coexistencia del miedo por la propia vida y el valor para ofrecerla... Qué entereza refleja el despedirse, quizás para siempre, de quienes le dieron la vida... ¡Qué privilegio, mi amor, haberte conocido!


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